12
Yo crecí en una casa que no tenía biblioteca ni equipo de música. En esa casa, vivía junto a mis abuelos y mis viejos. Ninguno de ellos había terminado el colegio. A que voy, mi familia devenía del ascenso social que le dio el peronismo al obrero. Si bien luego fueron comerciantes (mi abuelo y mi viejo fueron carniceros) comenzaron como obreros en el Frigorífico Nacional Lisandro de la Torre. Mi mamá, llegó del sur de la provincia de Buenos Aires con apenas dieciséis años para trabajar en una casa de familia.
Poco importó que no pudieran terminar sus estudios al momento de darme educación. Jamás me falto algo (a mis hermanas tampoco) en mi carrera estudiantil en cualquiera de sus distintas etapas. Soy consciente de las privaciones de mis padres para darnos la mejor educación.
Poco importó que no pudieran terminar sus estudios al momento de darme educación. Jamás me falto algo (a mis hermanas tampoco) en mi carrera estudiantil en cualquiera de sus distintas etapas. Soy consciente de las privaciones de mis padres para darnos la mejor educación.
Américo, mi abuelo, fue sindicalista durante los primeros años del peronismo, más tarde tuvo un puesto en un viejo mercado, si mal no recuerdo allá por Cobo al fondo, más tarde recaló en el centenario Mercado del Progreso de Centenera y Rivadavia. Fue, para mí, el mejor ejemplo de honestidad y convicción, algo que jamás le imite. Sin perjuicio de ello, Américo dejó en mí su sello. Estoy seguro que allí donde esté, reconocerá mi única actitud coherente y consecuente: mi convicción política. Creo que desde antes de nacer, ya era peronista. Cuando las elecciones de 1973, las primeras de las que tengo recuerdo cierto, entre los niños que había en mi cuadra, Caseros al 300, surgió la pregunta ¿ché, en tu casa, a quien votan? Una a una fui escuchando las respuestas, todas coincidían. En mi calle todos decían votar a
Ya en casa, le conté al Abuelo lo sucedido. Yo no quería ser diferente a los demás, si todos votaban a ese partido, porque en casa no. Así que le comenté mi respuesta evasiva. Américo, con seriedad, altivez y mucho orgullo me dijo: “Jamás, pero jamás, te avergüence decir que tu Abuelo es peronista”.
Puede ser poca cosa, así contado, pero ese día dejó una impronta que aún perdura. Ese día, yo me hice peronista.
Los días que vinieron, mi bicicleta Legnano lucía muy oronda la “manito peronista” que se ajustaba al manubrio (era una manito en plástico duro que tenía la forma de
Mi viejo, hasta el día que se nos fue, no dejó de reprocharle a mi abuelo haber votado a Frondizi como mandó Perón desde el exilio, por eso en las legislativas de 1960 voto en “blanco”. Sentía ese voto
Ni con el Libro Rojo de editorial Peña Lillo en la mano podían convencerlo.
Una vez más me fui de tema, como dice Silvina, escribir es mi terapia.
Así que, retomando, para cuando vino Queen al país, mis viejos con mucho esfuerzo me compraron un equipo de música Sansui, en cómodas cuotas en Casa Dieva.
Para ese momento, mi vieja recibía mensualmente a un vendedor de libros a domicilio. La primera compra, y este es un paradigma que debería ser estudiado, fue un diccionario enciclopédico de cinco tomos. Nunca tuve el Losetodo ni la enciclopedia Salvat, pero jamás me falto un manual. Además, no los revendía en “Chispita”, así que junto a los libros de la colección Robín Hood, las “Selecciones” de Reader’s Digest y una enciclopedia de historia de
Las punteras de dibujo Rotring las fui comprando de a pares, el caballete de dibujo tuve el orgullo de construirlo en el taller de carpintería del “Juancho” (por esos años Instituto Parroquial Juan XXIII), el juego de compás con balustrín me lo obsequio mi tío Jorge y la bolsa para transportar el tablero portátil la cosió mi vieja en maquina Singer en cuerina negra.
En mi familia se decía con orgullo “Marcelito entró a
Nunca supe si a mi viejo le jodió que dejara la facu, Para Mamá debe haber sido una decepción.
Ah, me olvidaba de la música, les relate del equipo Sansui, a los diecinueve años lo cambie mano a mano por un Fiat 600 E modelo ’68. Mamá, aún lo lamenta.