lunes, 5 de marzo de 2012

Mukombo


La mayor satisfacción que a uno se le podía ocurrir en aquella época era completar el álbum de figuritas. Conseguir una a una, como fuera y si se lograba con una mínima inversión, mejor todavía. No era cuestión de andar pidiendo todos los días un par de monedas que para nosotros tenían el valor del oro. En esos años uno estaba al tanto de la economía del hogar, y si no, la vieja se encargaba de recordarte lo que costaban las cosas; no es que hubiera miseria, a mi nunca me falto nada, igual me acuerdo de el azucar negra.

Me fui de tema …el punto es que las alternativas que se nos presentaban para conseguir el objetivo solían ser variadas, las mejores dependían de habilidades personales.

Yo era bueno jugando a la bolita, pero a las figus, me costaba; no terminaba de agarrarle la mano a esas circunferencias esquivas, de cartón y demasiado frágiles. Había sufrido mucho con las de latón.

En lo que mejor andaba era en el midi, pero, igual no calificaba; estaban el chupi y el espejito, pero todo dependía de la habilidad, algo que diferencia a las figus de la pelota, aunque las dos estaban relacionadas con el mismo deporte.

En la pelota, al ser un juego de equipo, aun sin habilidad podes ganar, pero en las figus estabas muerto.

Acabadas mis habilidades y con una economía restringida, quedaba un sola salida: el cambio, a partir de la acumulación compulsiva, el pilón. El pilón... un tema que a veces podía decepcionarnos , porque no era nada más que eso, un pilón de figuritas fáciles y repetidas que todos tenían.

Por eso, haber llegado a completar todo el álbum menos una, era visto, en aquellos infantiles años vividos en el suburbio, como una hazaña.

Poco entienden mis hijos hoy de esa aventura de juntar figus y completar el álbum a partir de la habilidad individual o del ingenio, porque hoy, ya no hay difíciles, por ejemplo, si te falta alguna, listo, llamas a la compañía y la comprás... Así cualquiera.

Un somero análisis sobre el cambio de modalidad acaecido con las figuritas, se podría asimilar a los cambios políticos en el país. Completar un álbum ha dejado de ser un hecho relacionado con la habilidad y/o el intercambio entre pares, para pasar a depender del dinero; a mejor situación económica, más posibilidades de completar el álbum; así las cosas, la individualidad capitalista desplazó la competencia y el trueque, no es casual que el cambió de modalidad tuviera su inicio allá por principio de los noventa.

Claro que no puedo olvidar que no me hice la pelota de fútbol de cuero número 5 que te entregaban a cambio del álbum lleno, por culpa de un ignoto jugador de la selección de Zaire.

¡Mukombo y la putaquetepario!

Pero más allá del folklore de la figurita, pocos saben quién era Albert Mwanza Mukombo. Fue el defensor número “3” de Zaire (actual República Democrática del Congo), tal vez el peor seleccionado que haya disputado un Mundial. Había nacido el en la provincia de Katanga el 17 de diciembre de 1945, jugaba en el TP Mazembe Lubumbashi, de su país natal, y era un futbolista de escasa estatura (1,64 metro) como casi todos en aquel plantel africano, la mayoría descendiente de las etnias de pigmeos mbuti.


Fue titular en los tres partidos de Zaire, el primer representante del África negra en Mundiales, en los que cayó sucesivamente 0-2 ante Escocia, 0-9 contra Yugoslavia y 0-3 frente a Brasil.


Sin grandes condiciones pero voluntarioso, fue pilar indiscutido de su equipo y de “Los Leopardos” entre 1967 y 1975. Mukombo falleció el 13 de octubre de 2001, a los 55 años.Varios de sus compañeros mundialistas ya lo habían precedido en un país donde la expectativa de vida apenas supera los 50 años.

jueves, 1 de marzo de 2012

Dos ambientes para once

Los primeros en llegar, creo recordar, fueron Mingo y Pepe. Era obvio, uno de ellos era el dueño del departamento.
White, Larry y Condorito salieron a dedo. En el cruce de Etcheverry, los levantó una camioneta que los depositó en Dolores. Aprovecharon la rapidez en llegar a la mitad del camino, para desayunar en el viejo parador Atalaya.
Durante ese desayuno, escuchaban como un niño le refería a su padre que al costado de la ruta, pegado al guarda rail había un hombre desaliñado, durmiendo con aspecto de vagabundo. No le dieron importancia.
Con el estomago lleno, emprendieron la caminata por la Ruta 63, esperando ser levantados por algún alma complaciente.
Nunca deben haber pensado que esa ruta la tuvieran que caminar entera, es decir, los treinta kilómetros que abarca entre Dolores y la Esquina de Crotto. Nadie los levantó.
Llegaron al “anochecer de un día agitado”. Se refugiaron en la parada de ómnibus que estaba frente a la caminera de la policía de la provincia de Buenos Aires, esa misma donde suelen exhibir vehículos “estrolados”.
Debo decir que el trío de caminantes estaba bastante exhausto. Larry tuvo la idea de pedir a la policía alojamiento, la respuesta fue tajante: “Sr., en una dependencia policial no se puede albergar gente, buenas noches”, portazo final.
Claro, corría el año 1982, post Malvinas y aún conservaban cierta cuota de arrogancia y poder, aunque paulatinamente se les fuera arrebatada por el pueblo al recuperar la democracia un año después.
Ese portazo final, echo a Larry como un perro y con los perros, ya que los tipos liberaron a un par de canes bastantes famélicos que rodearon la “parada-refugio-hospedaje” obligándolos a permanecer de pie sobre las sentaderas del refugio.
A eso se le sumo que White cayó en un tremendo estado gripal repentino, súbita temperatura, convulsiones y espasmos. El frío se apoderó de él. Larry y Condorito lo rodearon y arroparon con sus propios cuerpos. Así se quedaron dormidos y pasaron la, hasta ese momento, “peor noche de su vida”.
Al despertarse, con las primeras luces del alba, White había mejorado ostensiblemente, así que luego del trajín del día anterior decidieron tomar el Río de La Plata para cubrir los algo más de cien kilómetros que le quedaban por delante.
Fueron veinticuatro horas las que tardaron para cubrir unos trescientos cincuenta kilómetros.
Cuando finalmente llegaron al departamento, ya estaban Mingo y Pepe, más "El Topo", Moreta y Piraña, cinco que con ellos completaban ocho.

Acá va un fe de erratas, cometí un error imperdonable durante el tipeo original, me comí incluir al Topo, quien se sintió olvidado y defraudado, por eso, vayan mis disculpas, Topo, perdón, pero agarrate que se viene tu capítulo.
Cuando nuestros tres caminantes escucharon aquella conversación del niño en Atalaya, nunca pensaron que el pibe se refería a uno de los suyos, es que cuando Melena llegó les describió ese descanso que se había tomado, concluyendo entonces que el “desaliñado y vagabundo” era sin dudas el flaco Melena.
Van sumando? Ya son nueve.
Los últimos en llegar fueron Hulk y Corcho. Estamos en once.
Esta suerte de recopilación, permite a ustedes, caros lectores comprender el título de la entrada de hoy: “un dos ambiente para once”. Porque es la característica del departamento que Mingo ofreció para pasar ese fin de semana.
La pasaron bien, eran los últimos días de una aventura que había arrancado tres años atrás cuando el “Delpini” los juntó. Ahora, comenzaban a caminar los últimos tramos de la adolescencia, pronto, “el Delpini” les abriría las puertas para enfrentar al mundo.
No hay un recuerdo preciso de la vuelta, del regreso a casa, pero si de cómo se acomodaron para dormir, en el piso por supuesto: a las puertas del dormitorio, en el pasillo hacia el otro y único ambiente, la humanidad de Hulk y el resto esparcidos, hasta debajo de la mesa del comedor. Ah, vaya también una referencia hacia las pizzas de Mingo del sábado a la noche, ¡buenísimas!
Lo mejor de ese fin de semana de “once para un dos ambientes”, fue haberlo vivido con ustedes, tanto como el hecho de haber crecido juntos.